¿A quién miramos cuando nos retratan?

[caption id="attachment_342" align="alignnone" width="370"] Aproximadamente a los cinco años.[/caption] [caption id="attachment_345" align="alignnone" width="370"] 1901, a los dieciocho años.[/caption] [caption id="attachment_343" align="alignnone" width="370"] 1905-1906, a los veindidós años.[/caption] [caption id="attachment_344" align="alignnone" width="370"] 1910, a los veintisiete años.[/caption] [caption id="attachment_349" align="alignnone" width="370"] 1915-1916, a los treinta y dos años.[/caption] [caption id="attachment_347" align="alignnone" width="370"] Hacia 1917, a los treinta y cuatro años.[/caption] [caption id="attachment_348" align="alignnone" width="370"] 1921, a los treinta y ocho años.[/caption]

“Recuerdo vivamente un acontecimiento de los primeros años. Quizá tú también lo recuerdes. Yo lloriqueaba una noche y pedía incesantemente que me dieran agua; sin duda, no era por tener sed, sino en parte para divertirme. Como algunas amenazas violentas no habían logrado efecto, me sacaste de la cama, me llevaste al balcón y allí me dejaste solo, en camisón delante de la puerta cerrada. No quiero decir que eso estuvo mal; quizás aquella vez no había realmente otra manera de obtener tranquilidad por la noche, pero quiero caracterizar con ello tus métodos educativos y el efecto que ten tan sobre mí. Sin duda, esa vez fui obediente, pero había sufrido un daño interior. Según mi naturaleza jamás pude establecer la conexión correcta entre lo lógico, para mí, del absurdo pedir agua, y lo extraordinariamente terrible del ser llevado afuera. Todavía años después me perseguía la imagen torturadora de ese hombre gigantesco, mi padre, esa última instancia, que podía, casi sin causa, venir de noche y llevarme de la cama al balcón, y que, por tanto, a tal punto era yo una nulidad para él.

Eso fue entonces un pequeño comienzo, pero esa sensación de nulidad que a menudo me domina (una sensación en otro sentido también noble y fecunda) ha sido provocada en gran parte por tu influjo. Yo habría necesitado un poco de tu estímulo, un poco de amabilidad, un poco de abrirme el camino, y tú, en cambio, me lo obstruías, ciertamente con la buena intención de que yo eligiese otro camino. Pero yo no servía para eso. Por ejemplo, me alentabas cuando yo hacía bien el saludo militar o el paso de marcha, pero yo no era un futuro soldado, o me animabas cuando yo lograba comer mucho y hasta tomar cerveza, o cuando repetía a canciones que no entendía, o cuando repetía tus palabras favoritas, pero nada de eso pertenecía a mi futuro. Y es significativo que incluso hoy sólo me estimulas cuando algo te atañe a ti mismo, cuando hiere tu autoestimación (por ejemplo, con mi proyecto de casarme) o cuando tu autoestimación resulta herida en mí (por ejemplo cuando Pepa me insulta). Entonces se me anima, se me recuerda mi valer, se me señalan las ventajas a que yo tendría derecho, y Pepa queda definitivamente condenado. Pero aparte de ser, a mi edad actual, casi inaccesible a los estímulos, ¿de qué me servirían si sólo aparecen allí donde, primordialmente no se trata de mí?

En aquel entonces, y sólo en aquel entonces, yo habría necesitado el estímulo. Pero en verdad yo ya estaba aplastado por tu mera presencia física. Recuerdo, por ejemplo, cuando nos desnudábamos juntos en una casilla de baño. Yo, flaco, débil, enjuto; tú, fuerte, grande, ancho. Ya en la casilla me sentía miserable, y no solamente frente a tí, sino frente al mundo entero, pues tú eras para mí la medida de todas las cosas.”

Franz Kafka, “Carta al padre”

COMENTARIOS

COMENTARIOS
COMENTAR!

COMENTAR!

COMENTAR!
 

Web designed & developed by ACHIS!